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El primer sorbo de leche…

Por Juan Carlos Salgado Jaramillo

Fue un 28 de mayo del año 2000, domingo como tiene que ser, porque los grandes campeones se consagran ese día y lo seguirán haciendo mientras los motores no dejen de rugir. Esa tarde, tras bajarse la bandera a cuadros en el óvalo de 2.5 millas de Indianápolis, Pablo Montoya reconoció que siempre había recibido buenos comentarios de su hijo, pero quizás el mejor se dio cuando de los labios de Chip Ganassi salieron las siguientes palabras: «Este muchacho que ustedes ven es el mejor piloto del mundo».

Palabras dichas en medio de una gran emoción, luego de que el bogotano de 24 años de edad, llevando el número 9 sobre el frontal de su monoplaza, y en condición de novato, lograra su primera victoria en las 500 Millas de Indianápolis, lo que le permitió, a pesar de no ser su bebida predilecta, tomarse ese gran sorbo de leche, reservado para los campeones.
Montoya, hay que decirlo, no llegó a esta mítica competencia como un desconocido, pues ya se había ganado el respeto en Estados Unidos, al lograr el título de la serie Cart, en Fontana, California, en un duelo cerrado con el escocés Darío Franchitti. Claro está que Indianápolis se veía como algo lejano, pues Tony George, el amo y señor de Indianápolis, había hecho toldo aparte y su testarudez lo había llevado a crear la Indy Racing League (IRL), tras disgustarse con los dirigentes de la Cart.
Una división que le estaba haciendo daño a las dos categorías y que para fortuna de Juan Pablo tuvo un nuevo acercamiento en la temporada del año 2000, lo que le abrió las puertas de la grilla en una competencia que no hacía parte del calendario de la Cart.
Chip Ganassi, hombre temperamental, había decidido dejar a un lado los motores Honda con los que habían logrado el título en 1999 y se dejó seducir por el poderío de Toyota, pero el matrimonio que parecía exitoso, no tuvo un buen comienzo.

Incluso para Juan Pablo fue frustrante, pues los buenos resultados no se daban como él lo esperaba en su segunda temporada en la Cart. La victoria le fue esquiva en Homestead, Long Beach, Río, Motegi y Nazareth. Era difícil encontrar explicaciones del por qué al dominador de la temporada pasada se la había refundido la gloria.
Pero las 500 Millas de Indianápolis, competencia que sumaba más que las cinco anteriores juntas, lo estaban esperando con los brazos abiertos.
Pese a los resultados, Juan Pablo, quien compitió con un motor Oldsmobile, seguía siendo el mismo de 1999, con sobrepasos magistrales en la pista, con un rendimiento parejo en clasificaciones, con el mayor número de vueltas lideradas y con un protagonismo al que solo le faltaba el sello de la victoria.
Y en Indianápolis, pese a que Jef Ward era uno de los llamados al triunfo y sobre el final Budy Lazier intentaba salvar el honor de la IRL, los aplausos fueron para el colombiano, quien lideró 167 de las 200 vueltas, dejando una huella indeleble, como lo había hecho en 1966 Graham Hill, el último novato que había logrado la hazaña de salir campeón en su primera presentación.

 

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Lazier falló en el intento porque frente a él estaba todo un campeón, un jovencito que se formó en el kartismo y en el Autódromo de Tocancipá. Quien lo venció al final fue el campeón de la Fórmula 3000, el mejor de la serie Cart y el hombre a quien Chip Ganassi bautizó como «el mejor piloto del mundo», el mismo que un periodista norteamericano alabó en la rueda de prensa al decir que siempre había estado convencido de que el más grande que había pisado la pista de Indianápolis había sido Jim Clark, pero ese día cambió de opinión al expresar «que el más grande que ha venido a las 500 Millas de Indianápolis es Juan Pablo Montoya», el que
15 años después, con el equipo de Roger Penske, volvió a escribir su nombre en el trofeo, cuando a más de 300 kilómetros por hora se convirtió en maestro de velocidad, pues como lo escribí en su momento, siempre había pensado que las grandes obras de arte estaban reservadas para los pintores y escultores y que se requería de un cincel o de un pincel para darles vida. Pero nunca me imaginé que en un monoplaza y a más de 300 kilómetros de velocidad se pudiera esculpir una obra maestra, como lo hicieran en su momento Picasso y Miguel Ángel, y ese día, en Indianápolis, Juan Pablo Montoya. ¿Estamos ante una nueva obra de arte del piloto colombiano? Mañana lo sabremos y Dios quiera que así sea y así poder decir que Juan Pablo Montoya, como los buenos vinos, entre más años, es mejor…

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