Tatiana Calderón, ‘La niña más veloz que el viento’

“De repente y de la nada, un ventarrón se lanzó de golpetazo contra la gente como un par de bofetadas y con él una voz burlona que dijo con claridad:
– Dizque niñas pilotos. ¡Las niñas deberían jugar a la cocinita y con muñecas en vez de andar jugando con carros!…
– Están seguros de que es una niña y no un niño disfrazado -resurgió de nuevo la voz-, solo que esta vez acompañada de una risa irónica y un timbre y tono contundente y apabullante, elevándose y esparciéndose alrededor de la gente a toda velocidad como un remolino que despeinaba señoras y botaba a su paso cachuchas…
… Como las palabras en inglés lo dicen “kart fácil” (EasyKart). Es decir, una competencia en la que todos los niños correrían bajo las mismas condiciones y no necesariamente bajo las que sus papás les pudieran otorgar. Lo que se pretendía lograr era que en cada carrera se evaluara el talento y el desempeño de cada niño sin que sus habilidades se vieran afectadas por el kart o el motor con el que corrían.
Tatiana se alegró con la noticia. Eso significaba que todos los niños iban a competir con el mismo kart y que por fin, el niño bravucón y presumido con el que siempre disputaba los primeros lugares iba a dejar de insinuar y de decirles a los demás niños que sus neumáticos, su motor o el chasis de su kart estaban alterados.
– ¿Eso te ha dicho? –le preguntó su mamá indignada.
– ¡Eso dice que le ha dicho la voz! – le respondió Tatiana…”.
Estos apartes, dicientes y duros de digerir, hacen parte de una historia, o más bien del libro ‘La niña más veloz que el viento’, escrito por la comunicadora social y publicista costarricense Gabriela Cordero (con ilustraciones de Luisa Martínez), y que tiene como protagonista a la piloto colombiana Tatiana Calderón.
Párrafos de una historia que se comenzó a escribir hace más de dos décadas en el Kartódromo de Tocancipá, capítulos de vida que pese al paso del tiempo y los kilómetros parecen repetirse, como si se tratara de una condena y de algo inevitable. Sentencias inexplicables, afirmaciones sin sentido, que siguen resonando como los motores de sus veloces máquinas, ya no en la pista de los orígenes, sino en las de Europa, en las que como cuando era niña, ha tenido que ganarse un espacio en medio de críticas y contradicciones.
“Los ingenieros, cuando yo era más rápida que mis compañeros al entrar a una curva, les decían: ‘¿Dónde dejaron las pelotas?’. Y me preguntó, ¿por qué no puedo ser más veloz que ellos? En otras oportunidades me tocó recurrir a la psicología inversa, pues cuando pedía algunos cambios el ingeniero terminaba haciendo lo contrario, así que me tocaba decirle lo que no quería para que funcionara”, dice Tatiana en un encuentro cálido y amable con sus seguidores en la Librería Nacional de Unicentro.
Se le ve feliz, como cuando sube al primer escalón del podio. En sus ojos hay un brillo especial y su rostro deja desprender, en cada momento, una sonrisa fresca y sincera. Gestos de satisfacción o de saber que a través de un libro puede dejar un gran mensaje y elevar a los cuatro vientos una plegaria para que las estigmatizaciones y las diferencias de género desaparezcan.
Todo tiene su razón de ser, su momento, dicen algunos y Tatiana afirma que el proyecto del libro “surgió hace dos años, en plena pandemia, cuando empecé a hacer sesiones con Gabriela Cordero, la autora, y se concretó con el editor Rey Naranjo y la ilustradora Luisa Martínez. La idea era llegarle a los niños y a través de él reforzar una educación sin estereotipos. Todos los fondos que se recojan van para la Corporación Juego y Niñez, precisamente para desarrollar un programa de educación para que los padres y los docentes les inculquen a los niños que pueden dedicarse a lo que cada uno quiere, sin importar lo que nos han enseñado, como que las niñas no pueden jugar fútbol o competir en carros”. En otras palabras, que no renuncien a sus sueños, que no permitan que les corten las alas, que sean felices, como lo es ella.
Tatiana reconoce que este ejercicio y las sesiones con Gabriela fueron mágicas. “Fue un poco terapéutico, porque me di cuenta de que existen muchas barreras que uno quiere ignorar y que están ahí, y que si uno no habla de ellas no puede empezar a cambiar las cosas”. Pero lo más gratificante es que se ha encontrado con una respuesta positiva de quienes han conocido su historia, pues “hay muchas niñas y mujeres que me han escrito después de leer el libro y me dicen se sienten identificadas y han tenido una conexión que les ha permitido descubrir que se debe tener ganas y convicción por lo que se hace y que ese es el camino para ir abriendo puertas”.
Tatiana Calderón es una mujer reflexiva, de aspecto juvenil, pero con una gran madurez, adquirida a punta de subidas y bajadas, de alegrías y sinsabores. Y se sigue preguntando el ¿por qué no una mujer en la Fórmula Uno? “He hecho muchas reflexiones en ese sentido y la pregunta que siempre me surge es si una mujer está preparada para la Fórmula Uno y la respuesta es al revés, porque la Fórmula Uno no han querido abrir la mente ni darles una oportunidad real a las mujeres para hacerlo bien. Yo entré porque al frente del equipo Sauber estaba una mujer (Monisha Kalterbon). Ojalá llegue sangre nueva y nos abran las puertas, pues a nosotros nos corresponde estar bien preparadas”.
Sabe que no es fácil y que ‘ser la niña más veloz que el viento’ le permite seguir soñando, a pesar de tantas dificultades, incluso para los pilotos colombianos, que como ella, tienen como meta la ‘Gran Carpa’. “No es fácil, porque acá todavía hay poca cultura automovilística: Siempre nos toca salir a competir afuera y hoy el cambio del euro y el dólar a pesos no ayuda. Pero creo que en el país hay mucho talento y lo que se necesita es precisamente un llamado a todas esas empresas para que sigan apoyando. No hay imposibles y si algo me ha enseñado toda esta carrera es que uno nunca sabe cuándo le llega la oportunidad”.
Como el apoyo inesperado de la mano de Karol G. “A veces no lo creo y me parece imposible que se haya dado. Cuando no tenía nada y me quedé sin patrocinador, me encontraba llorando, pero se dio la llamada y el apoyo de una mujer, que también quiere dar un mensaje de empoderamiento”.
Las carreras de duración aparecen en su visual, como la 24 Horas de Le Mans, y no le disgustaría volver a la IndyCar, categoría en la que se sintió cómoda. “En Estados Unidos están más abiertos a las mujeres y eso lo valoro”. Prueba de ello es que en este 2023 la grilla de las 500 Millas de Indianápolis se verá engalanada por la británica Katherine Legge, del equipo Rahal Letterman Lanigan Racing.
La voz del viento le sigue susurrando al oído y ella la sigue escuchando. “Esa voz me dice que venza los miedos y los estereotipos, que enfrente a la sociedad y a quienes dicen que no deberías estar haciendo muchas cosas. Soy de las que piensa que si alguien no ha hecho ciertas cosas y no se ha atrevido, yo sí puedo hacerlo. Hay que creer en uno mismo y en sus capacidades. A veces quise tirar la toalla, lo confieso, pues me hacían la vida imposible, pero cuando a uno le gusta algo debe sentirse segura y superar todas las barreras. Hay momentos de dudas, claro, pero siempre he tenido el apoyo de mi familia en los momentos difíciles y la verdad hoy siento que nada es imposible y que siempre habrá manera de solventar los inconvenientes”.
Y quiere ir más allá, dar un nuevo paso, buscar una nueva meta. “Queremos cambiar las barreras de raíz y por eso con Álvaro, el esposo de Gabriela, estamos trabajando en el programa ‘Ladies Start Your Engines’, por que no queremos que la mesa se quede chiquita. Buscamos inspirar a otras niñas y educar a la gente, que entiendan que podemos”.
Lo hace por ella, por su familia y por rendirle un homenaje a quien fuera su compañero en las pistas, Anthoine Hubert, quien se adelantó en la carrera de la vida, pero antes de hacerlo le dejó una gran enseñanza: “Vive todos los días como si fueran el último, hazlo con valentía y entusiasmo porque la vida es para disfrutarla y buscar ser feliz”…





