Final predecible en las Seis Horas de Bogotá…

Los lugares, dicen, tienen memoria, y de alguna manera, guardan lo que un día aconteció. Así será en unos años, cuando haya pasado el tiempo y los que estuvieron regresen a la pista del Autódromo de Tocancipá y recuerden, que un sábado 10 de febrero (2024), y no un sábado decembrino, como debía ser y no fue, se corrieron unas Seis Horas de Bogotá, la carrera más importante del automovilismo colombiano, en la que nuevamente, no hubo cabida para la sorpresa y se cumplió un libreto del que ya se sabía el final desde el principio: una nueva pole y victoria del auto rojo número 45 (West STR), el del señor Alfredo Sesana, un intocable, que también hizo recordar a una escudería del ‘Gran Circo’ con el mismo color, que como la de él, resultaba indestronable, lejana, sin mella alguna, sin rivales, sin nadie cercano para hacerle cosquillas.

Una película predecible de principio a fin, con un mínimo porcentaje para abrirle las puertas al error; la superioridad manifiesta en la pista, la confirmación que en el mundo de los motores el poder adquisitivo marca diferencia y al hacerlo resta emociones, porque siempre hace falta el rival que ‘respire en la nuca’ y que debido a ello lleve a la exigencia y a rondar los llamados límites.

Y en las Seis Horas de 2024 esta circunstancia sí que se hizo manifiesta, desde la llamada clasificación, desde el primer giro en el turno inicial, a cargo del talentoso Óscar Tunjo, que dejó su impronta en lo seco, su huella indeleble en la lluvia, y a su manera les dijo a los demás “ustedes no me vuelven a ver”, allanándole el camino a sus compañeros, Jaime Guerrero, Nicolás Baptiste y Juan Manuel González.
Claro, se trataba de una prueba de largo aliento, de las que siempre se dice que terminan solo cuando se agita la bandera a cuadros.

Pero cuando existe la suficiencia, la posibilidad de fallar disminuye, porque se da la alternativa de cuidar la máquina, de navegar vuelta a vuelta, y aún más cuando una grilla de algo más de 30 autos se va desgranando como la mazorca y el llamado tráfico tampoco termina siendo obstáculo para llegar a la meta.

Y es ahí cuando toca escarbar para encontrar emociones y entender que si bien, como dicen algunos, “después del primero todos son perdedores”, en una prueba de duración se corren otras carreras en las que también hay ganadores, duelos difíciles de identificar para el público y más si la torre diseñada para mostrar el orden solo muestra rayitas de unos cuantos bombillos encendidos y nada más, porque vaya uno a saber el por qué, desde hace mucho tiempo, dejó de funcionar. Y es ahí cuando inevitablemente vuelven los recuerdos, esos que nos llevan a afirmar a los románticos, no sé si de manera injusta, “que todo tiempo pasado fue mejor”.

Sin quererlo, desandamos lo andado, dándole bandera verde a las nostalgias, buscando en cada paso explicaciones, caminando por los pits o zona de talleres con el deseo de reencontrarse con caras conocidas, mirando de un lado para otro sin tener éxito, porque los que fueron ya no están, incluso, ya no hacen parte de este plano terrenal, como mi amigo ‘Cascarrabias’ Marco Rodríguez, como Peter Goldring, como los Fernando Escobar y Fernando Muñoz…

Pero siempre hay excepción a la regla, y en este caso reencontrarse con Luis Jenaro Rico, el único que puede decir que ha estado presente en casi todas las competencias, abre de manera mágica la tapa del baúl de los recuerdos y regresan a la memoria imágenes, sonidos y nombres. Del Lola fluorescente, del Oldsmobile Cutlass, de los Camaro, de los Mustang, de los Corvette, del Spice, de los BMW, de los Mercedes-Benz, del ‘Batimóvil’ de Nessim Kassem e incluso hasta del Simca ‘volador’ de Enrique de Francisco.

Hasta llega uno a extrañar las pataletas de Gustavo Yacamán, ‘El Tigre’, que hacía de cada Seis Horas una carrera especial, como también lo hicieron Oswaldo Fajardo, Juan Carlos Rojas, Sergio García, Felipe Solano, Lucio Bernal, Pablo Bickenbach, Jorge Cortés, Ricardo Cano, Sergio Madero, John EStupiñán,Manuel Quiroz, los hermanos Juan Carlos y Enrique Pombo, Giovanni y Sergio Sesana, Álvaro Mejía y el ‘Flaco’ Cifuentes. Incluso hasta Juan Pablo Montoya, Andrés Felipe Gómez y Diego Guzmán, y tantos otros que se refunden en la memoria.

Se extrañan cosas, como la vuelta de la victoria con la bandera a cuadros y toda la tripulación compartiendo el éxito con el público; y hasta los aplausos, porque no hay manos que alcancen, pues las mismas están destinadas para sostener el celular y no para aclamar, como debería ser.

En definitiva, unas Seis Horas para entender que nada es permanente y para tratar de asimilar que las nuevas generaciones piden pista y se abren paso; una carrera para tratar de comprender que ya no somos los mismos, pero que también sirve para mostrar, a nuestra manera, que los Cuchenials mantenemos la esencia, y seguiremos levantando la ‘voz’, por medio de las letras, cuando se haga necesario, cuando se tenga que decir y no callar…

Por Juan Carlos Salgado Jaramillo

Fotos: Javier Pardo

 

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