Manuel Antonio Lince, el hombre que creyó en Montoya
A veces las cosas se nos vuelven paisaje y pasamos al lado de ellas sin prestarles atención. Y eso es lo que quizás le ha pasado a Manuel Antonio Lince con su pequeño museo en el que sobresalen pertenencias, o mejor verdaderas joyas de colección, del mejor piloto de la historia del automovilismo colombiano, Juan Pablo Montoya.
“La verdad, han pasado tantos años y era algo que ya tenía fuera del radar y a lo que no le prestaba atención, pero hoy agradezco el poder recordar esos momentos tan especiales”, dice el hoy presidente de la Junta Directiva de Autoniza, el exitoso empresario que logró, a pulso, construir una de las compañías más reconocidas del sector automotor en el país.
So oficina es amplia y en ella, además de un generoso escritorio y algunas piezas que tienen que ver con la aviación, otra de sus pasiones, reposan un buen número de trofeos, muchos de los cuales fueron ganados por sus hijos en el automovilismo nacional e internacional.
Nada fuera de lo común en el espacio del patriarca de una familia en la que el mundo de los motores ha sido la constante. Pero si se caminan unos pasos por un pequeño corredor y se pasa una puerta, que da acceso a una bodega, aparece de repente en la visual un tesoro invaluable que cualquier amante del mundo de la velocidad envidiaría. Detrás de unos vidrios de buen calibre reposan desde hace unos buenos cuantos años (entre 20 y 30), un sin número de pertenencias del piloto que conquistó al mundo de la velocidad con su talento en las diferentes pistas del planeta y al que los medios especializados comenzaron a llamar el ‘sardino volador’.
Sus ojos se iluminan, hace una pausa y observa muchos de los elementos con emoción. Toma en sus manos una cachucha azul de Willimas BMW autografiada por el piloto nacional y, posteriormente, un cuadro con la hoja de tiempos de la primera pole position en la F1, en Hockenheim (año 2001), en territorio alemán, con la rúbrica del corredor. Arregla uno de los apliques del overol con el que el bogotano, llevando en su pecho el logo de Autoniza, debutó con victoria en las calles de Miami, en el año 94 en la Barber Saab, y luego mira de reojo la prenda roja que el volante vistió en algunas carreras de la serie Cart.
Pero hay algo que le despierta especial interés y aunque con dificultad, retira otro de los cuadros de la colección que está en las vitrinas. Se trata del aviso de un periódico nacional en el que sobresale la figura de Montoya y en el frontal de su camiseta blanca, como señal de agradecimiento, aparece una buena cantidad de nombres de personas que aportaron su granito de arena (entre ellos los del Cuchenials-Juan Carlos Salgado) en el proceso de lo que en su momento se llamó ‘un camino hacia la Fórmula Uno’.
“Si usted mira”, me dice con tono pausado, “el primer nombre que aparece es el de Manuel Antonio Lince, y si bien es un reconocimiento que valoro, yo también tengo que agradecerle a Juan Pablo muchas cosas, como por ejemplo haber estado en Miami en su triunfo en la Barber y haberme invitado el fin de semana en el que se dio el empalme con el equipo de Chip Ganassi y con Álex Zanardi, teniendo además la posibilidad de compartir con Chip y Pablo Montoya. También haber estado en un yate que él alquiló en Mónaco en una de sus presentaciones en este emblemático trazado, en la que infortunadamente no terminó”.
Es evidente que, al escarbar el baúl de los recuerdos, las nostalgias aparecen en su corazón y de inmediato el entrevistado hace un viaje en el tiempo y revive el momento en el que conoció a Juan Pablo, cuando la historia del joven competidor apenas comenzaba.
Fue un sábado en la década de los 90, frío y gris, recuerda Manuel Antonio Lince. “Alejando (uno de sus hijos) se había ido a entrenar al Kartódromo de Cajicá y cuando vi que eran las 5:30 de la tarde y ya empezaba a oscurecer, y no aparecía, me entró una angustia y me fui para Cajicá. Estaba lloviendo a chuzos y me sentía muy nervioso, y en mi mente pasaron cosas negativas, pero cuando llegué a la pista me encontré con una gran sorpresa. A pesar de la lluvia y que ya era de noche, cuando me bajé escuché el sonido de dos karts, y en ellos estaban Alejandro y Juan Pablo. Desde ese momento me impactó lo que él hacía en la pista y en esas condiciones. Después de eso me puse a hacerle seguimiento, carrera tras carrera, y me di cuenta de que se trataba de un fuera de serie”.
El empresario se convenció del talento del joven morenito de pelo lacio y en una competencia de karts le dijo: “Va a empezar la Copa Swift y me gustaría que corriera en la categoría en un auto patrocinado por nosotros (se trataba de una monomarca, organizada por el Club Los Tortugas). Él le dijo a Pablo mi propuesta, quien no me conocía, y en un comienzo hubo desconfianza, pero vino a mi oficina y desde ese día nos hicimos muy buenos amigos y hemos compartido grandes momentos. Juancho ganaba en todo lo que corría y lógicamente yo ayudé hasta donde puede, pero después colaboré bastante para que, de la mano de Luis Fernando Lenis, el Grupo Santo Domingo lo apoyara para poder dar el salto a Europa e irse a competir en la Vauxhall Lotus”.
El automovilismo es parte de su vida: “Nací con él y pienso que la pasión por este deporte la tengo desde siempre. Me acuerdo de que iba a ver las competencias de San Diego en la carrera séptima con mis amigos, entre ellos ‘Clopa’ (José Clopatofsky), y creamos con 18 socios un club de modelos a escala en un garaje, en el que además hacíamos conferencias de mecánica. Eso me ayudó mucho en la parte técnica. También nos íbamos a Girardot en flota o como fuera, para lograr ser comisarios en las carreras. En los años 74 y 75 competí en karts y también en motocross, y también fui piloto de la Copa Renault en el Ricardo Mejía. Estuve involucrado mucho tiempo en la Junta Directiva del Club Los Tortugas y fui presidente del Autódromo de Tocancipá”, afirma con orgullo.
Destaca la época en la que sus hijos compitieron y dice que “disfrutamos mucho el kartismo y el automovilismo, especialmente con Alejandro, quien corrió fuera del país. Fue un gran piloto, pero le tocó decidir entre un buen contrato en la Truck Nascar o terminar su carrera profesional, pero afortunadamente (pensando en los presupuestos) escogió lo segundo. También había hecho un buen papel en la Fórmula Junior y en la Ascar, que es como la Nascar, pero en Europa”.
Manuel Antonio, más que nadie, es consciente de que cualquier proceso en la vida no es fácil, y por eso en su momento no dudó en tender su mano, pues en la carrera de su vida como empresario, tuvo que partir prácticamente de ceros, pero eso sí, sin renunciar nunca a la mentalidad ganadora, que es en algo con lo que se identifica con Juan Pablo.
Como en los toros, cambia de tercio, y en su pantalla mental aparece un día especial de su vida. Eran momentos muy diferentes a los de ahora, en los que tenía que moverse en bus por la ciudad, pues era empleado de Sofasa en Autos Francia y ese día le habían anunciado que un proyecto de venta de vehículos usados que él iba a liderar no había sido aprobado.
Corría el año 74 y escuchando la música de fondo y los chirridos de los asientos y las ventanas del automotor, que había tomado en la Avenida Jiménez, decidió bajarse en la zona industrial, minutos después de haber traído a su memoria sus años de estudiante en el Colegio Liceo de Londres, cuando compraba huevos y se los revendía a las señoras, al igual que los momentos en que comercializaba los fólderes para computador o cuando había comprado unos carros Wartburg , “que eran conocidos como el ‘cariño verdadero’, porque nadie los podía vender, pero yo los arreglaba, les ponía un radio y algo de cariño y me ganaba unos pesos”.
Cuenta los detalles de ese día especial como si se tratara de ayer: “Me bajé del bus en la zona industrial y golpeé en la primera puerta que encontré en una fábrica y cuando salió el celador y me preguntó que con quién quería hablar, le dije que con el gerente y que yo venía de Renault de Colombia. Me anunciaron y me permitieron subir a las oficinas y la secretaria comenzó a preguntarme sobre un Renault-4 usado, muy famoso en esa época. El gerente fue amable y me atendió muy bien, pero no me compró nada (lo hizo dos años después), pero en ese instante se me iluminó la mente y entendí que vender un carro era una delicia y que abría puertas, porque todo mundo lo recibía a uno así fuera para preguntarle cuánto valía su carro. Y fue cuando me di cuenta de que ese era el negocio que tenía que desarrollar”.
Cuando Manuel Antonio Lince era estudiante de mercadotecnia de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, en la capital colombiana, le salió el empleo en Sofasa, específicamente en Autos Francia (en la calle 34), en el que tenía la misión de crear el departamento de ventas de usados. Recibió la capacitación respectiva, “pero el negocio no se hizo, me sentí frustrado y como en el aire, pues la única opción que quedaba era la de vendedor”.
Le fue muy bien en ese rol y no olvida su primera venta. “Fue genial, porque no vendí un carro, sino dos, Un Renaut-12 y un Renault-4. Un señor muy sencillo y de cierta edad llegó a las instalaciones de Autos Francia y nadie lo atendía. Yo lo hice, le llevé el R-12 a su casa para que lo probara y resultó comprándome también el R-4 y de contado. Aunque las comisiones eran muy malas y apenas ganaba un salario mínimo, me di cuenta de que era bueno”. Y lo era, pues por ser un buen vendedor y una persona muy activa, de esas que ‘maleteaban’ sin peros, le encomendaron la creación del Mercado Nacional del Usado en Autos Francia y luego hacer parte del mercadeo para llevarlo a todos los concesionarios del país.
Si bien los resultados eran positivos, Manuel Antonio no se sentía pleno y después de muchos pensamientos y desvelos, decidió renunciar. “Yo quería tener mi propio negocio y dejar de ser empleado. Para ese entonces iban a montar un concesionario de Renault en el sur de la ciudad y me propusieron trabajar allí, pero yo les dije que más bien me dejaran poner un dinero en vehículos usados y ser parte del negocio en ese rubro. Aceptaron, pero la verdad las cosas no arrancaban. Y fue cuando entendí que para que un concesionario funcionara tenía que ser algo integral, en el que además de las ventas debe funcionar el servicio de taller y los repuestos. Me puse a ‘maletear’ por todo el sur, en barrios como el Restrepo y San Antonio y prácticamente me tocó manejar todo el negocio, porque el dueño no tenía experiencia”.
De nuevo estaba trabajando para otros y eso “me hizo pensar que si había colaborado para construir un concesionario sin dinero para otra persona, yo podía hacer uno para mí. Fue así como en el año 78 me lancé al agua, arrendé un lote en Niza y de ahí el nombre del concesionario, ‘Autoniza’, obviamente con Renault. Fueron 14 años de trabajo con la marca, pero en 1992 se dieron coyunturas muy difíciles que me obligaron a ponerme el corbatín de Chevrolet. A Renault le había ido muy mal con los últimos lanzamientos (el 18 y el 21) y yo ya había comprado Autos Francia; también había problemas con el suministro de vehículos y así era muy difícil mantener dos concesionarios”.
Además, fue la época en la que se dio la Apertura Económica del presidente César Gaviría y eso agravó la situación. “En cambio, Colmotores, se vino con todo y con una gran gama de productos y un muy buen portafolio en camiones y vehículos. Se me presentó la oportunidad, y aunque no fue fácil, porque me hice en Renault, tomé la decisión de cambiar”.
Si hay algo que caracteriza a Autoniza es su eslogan: ‘Autoniza se lo garantiza’ y al respecto el empresario comparte que “esa frase salió en un momento dado con un amigo, pero me daba miedo usarla porque nos reconocían más por vender autos usados y estos modelos no tenían garantía, y el cupo de nuevos que teníamos era mínimo. Pero un día llegó un cliente a hacer un reclamo a mi oficina, pues había comprado un carro que tenía un problema grave y era que estaba pasando aceite. Me dijo que el carro tenía 50.000 kilómetros y yo le propuse que nosotros asumíamos los repuestos y parte de la mano de obra y que solo pagara una diferencia, y que iba a quedar con un vehículo para 100.000 kilómetros más. El cliente se puso contento por la solución y por ver que había comprado en un sitio que respondía. Y mi amigo me dijo, ‘sí ve Lince que usted le responde a la gente’. Ese día perdí el miedo de esa frase y creo que fue algo muy acertado”.
Tan acertado que hoy Autoniza es una empresa muy sólida y ha dado pasos de gigante hacia lo que hoy en día se conoce como multimarca: “Era un paso que se tenía que dar, aunque las marcas eran muy celosas en ese sentido. En algún momento teníamos que hacerlo y necesitábamos una de gama alta. Tuve conversaciones con Daimler (tenía en ese entonces la representación de Mercedes-Benz) y llegamos a un acuerdo, nos dieron la concesión y ahí nació Star Niza. Inicialmente hubo problemas con Chevrolet, pero se lograron superar. Después se dio el ‘boom’ y se hacía necesario tener más marcas para poder mantener una infraestructura tan grande. Por eso hoy en día, además de Chevrolet y Mercedes-Benz, tenemos Kia, Suzuki, Citroën y Ford, además de abrir operaciones en Perú”.
Se le siente satisfecho por la labor cumplida y desde la presidencia de la Junta Directiva de Autoniza y por el hecho de pertenecer a algunos comités, como el financiero y de productos, sigue siendo parte fundamental del andamiaje, aunque reconoce que ahora las máximas responsabilidades recaen en sus hijos: “Han sido muy importantes en esta nueva etapa y siento una satisfacción muy grande al verlos trabajar en la empresa, es una gran bendición. Juan Pablo es el gerente general, mientras que Alejandro aporta sus conocimientos financieros y Andrés fue fundamental en el inicio de Kia, pues lo hizo muy bien, pero se fue a Europa a hacer una especialización “.
Su conocimiento del sector lo avalan para emitir un concepto sobre la actualidad la industria automotriz y al respecto opina que “es muy difícil acomodarse a los nuevos esquemas y pienso que el mercado colombiano ha dejado por primera vez a un lado la tradición frente a muchas marcas que han llegado con tecnologías nuevas. Se requiere ahora tener buenos productos en todos los segmentos, en los tradicionales de gasolina, en híbridos y en eléctricos. Se deben asimilar de la mejor manera esos productos para entregárselos a los clientes con conocimiento de causa. La verdad que es muy interesante el momento desde el punto de vista técnico y comercial, y nos debemos preparar para una posventa que cambia radicalmente”.
Es un convencido de que “hacer empresa no es fácil, pero si se tiene constancia y se cree en lo que se está haciendo, se logra salir adelante, como en una pelea de boxeo, en la que uno no se puede cansar. Las empresas se acaban porque se desfallece y afortunadamente ese no ha sido nuestro caso”.
Se describe como un ser humano “responsable y constante, con tanta experiencia que ya ha adquirido una piel de cocodrilo y sabe manejar las situaciones. Soy un hombre feliz, aunque soy consciente de que la felicidad no es infinita ni permanente, sino de momentos. Y si sumo tantos momentos vividos, definitivamente tengo que decir que soy feliz”.
Momentos especiales, como el nacimiento de sus tres hijos; el poder disfrutar de muchos vuelos como piloto; el haber tenido la posibilidad de escuchar el sonido del motor de un Fórmula Uno en todo su esplendor; el deleitarse con los colores y calidad de las pinturas de los monoplazas de la máxima categoría del automovilismo mundial; haber contribuido en el proceso del cumplimiento del sueño de un joven bogotano que se atrevió a soñar con la ‘Gran Carpa’; y poder decir con orgullo y satisfacción que “Autoniza se lo garantiza”…